viernes, 3 de marzo de 2017

Una pizca de desaceleración, por favor

Aunque de ingenuo me tachen, propongo que la biblioteca se torne en determinados momentos de la estancia del alumnado en la escuela en un entorno de desaceleración. Una sociedad líquida y acelerada nos acompaña en el viaje diario. Irreversible es el vertiginoso ritmo de flujo de información y  conocimiento en un mundo globalizado. Ya percibimos que a esta lógica de liebre y galgo no escapa el contexto escolar ni la enseñanza ni los modelos pedagógicos que inundan de innovación foros y redes, ni el devenir cotidiano de las aulas sobrecargadas de actividades "productivas".  

Con esta idea no se pretende generar una revolución en la dinámica de los tiempos de la escuela. Se trataría, más bien, de contar con un recurso de "resistencia" abanderado por la biblioteca escolar en este caso. Y desde ella, entonces, experimentar/disponer de vez en vez de tiempos distintos, momentos sosegados, deliberativos, sin prisas. Un espacio/remanso que ayude a mitigar las angustias derivadas de las lides libradas por el alumnado impelido un día sí y otro no a vomitar en pruebas, fichas, controles o exámenes lo que se exige/aprende/memoriza/escucha/dice/ve. 


Ilustración: Teresa R. Súnico.
Un entorno que otorgue la posibilidad de sentir y reconocer determinados procesos, trabajos, decisiones, respuestas, que requieren de tiempos largos, pausados, flexibles. Una huída consciente y diligente del peso de la inmediatez. Un lugar  para apreciar con intensidad y calma la cultura o la producción artística con la que se interactúa y se experimenta. Espacio de acogida, de debate, que da cabida a las emociones y abraza los afectos, que prende lucidez y provoca momentos para la conversación,  la deliberación, el diálogo inteligente, la formación de criterios propios. Cuestiones estas que hoy, paradójicamente, considero innovadoras ante el ruido, la alteración y la aceleración imperantes.

A colación con lo escrito el novelista Luis Landero expresó en una entrevista que "existe un llamativo desprecio por la cultura, que está siendo descatalogada, y si a esto unimos la competencia que supone la denominada industria del ocio, mi pregunta es: ¿quién está dispuesto a pagar el precio que exige la lucidez? La lucidez tiene que ver con la lentitud, el recogimiento, la soledad, la meditación, la contemplación… Todo eso es necesario para que no nos limitemos a comprar lo que piensan los demás, para que veamos el mundo con nuestros propios ojos, con los ojos del criterio, de la originalidad".

Por otro lado, entiendo que la política de lectura del centro educativo (materializada en un plan lector o proyecto lingüístico) establecerá tipos de lecturas (extensivas e intensivas) que reclamarán lentitud, sosiego, atención. En este sentido, la biblioteca puede ofrecer esa posibilidad acogiendo la actividad programada sin vernos impelidos a medirla en porciones de tres cuartos de hora o de una hora. Lo que se necesite y punto. La biblioteca escolar, lugar al que desplazarse y extrañarse para degustar la lectura voluntaria y apetecida, para experimentar con calma un texto elegido o propuesto, sea de ficción, sea histórico, sea científico. En definitiva, tiempo para leer y leernos.

Invitemos pues a experimentar en la biblioteca escolar otros ritmos bajo la sombrilla de la lentitud. No bajo la sombra de  la indolencia ni la laxitud, más bien de aquellos ritmos que cobijen un tiempo necesario, suficiente, sosegado, a la vez que "productivo", para cada cosa, tarea, proyecto o experiencia. Desaceleración voluntaria, querida, anhelada, deseada. Un tiempo de solaz, enriquecimiento y satisfacción. ¿Por qué no?